
Hay gente que ha utilizado las dos jornadas de este fin de semana ya expirante para dedicarse a hacer apologías, para hablar de asuntos ibéricos y para ondear banderas y pancartas del mismo modo que Belmonte lo hacía para sacarle una verónica a su capote. Pues se me ha ocurrido a mí que, juntando todas esas ideas, es buena fecha también para hablar de un asunto de importancia capital. Lamento decepcionar a todo aquel que haya llegado hasta aquí esperando o deseando que en esta entrada se tratase el tema sindical o el de la consulta catalana. Lamento también decepcionar a toda aquella persona proclive a obrar como activista del feminismo más circense que, tras leer el título, haya pensado que en esta entrada se iba a enaltecer al archiconocido y cada vez más denostado macho ibérico. Nada más alejado de la realidad: aquí estamos para hablar de las cosas que son realmente importantes y es por eso por lo que me he propuesto hacer una apología del jamón ibérico, tan necesaria en estos tiempos.

Lo primero es ser consciente de que gracias al jamón ibérico podemos disfrutar de una de las imágenes más hermosas que la naturaleza ofrece a nuestras pupilas, y fíjense bien, sin necesidad alguna ni del National Geographic ni de los reportajes de la BBC. Díganme, ¿hay estampa más bella y castiza que una piara de ibéricos garbeando por la dehesa? Sí, garbeando, porque un cochino ibérico ni pasea, ni anda, ni camina, ni se desplaza; el cochino ibérico presume, gallardea, pavonea y hasta tiene bula papal para rozar el fanfarroneo con la soberbia cadencia con la que planta en la tierra esas manitas morenas que Dios le ha dado.
Después de ese paseo entre encinas, normal que se le haga a uno la boca agua. Y para saciar el apetito, nada mejor que el jamón, naturalmente. Encontramos en él una fuente de zinc, fósforo, hierro y vitaminas varias, sirviendo además para reducir el colesterol, controlar la tensión arterial y minimizar el riesgo de trombos. Un botiquín en toda regla. Eso sí, si se consume con mesura, pues todos estos beneficios se pueden revertir si tenemos la feliz idea de meternos entre pecho y espalda tres kilos y medio de jamón de una sentada.

Llegados a este punto, no podemos obviar ni olvidar lo que el jamón ibérico significa para la gastronomía. Combina bien con otras carnes, con pescados, con verduras y con legumbres. Nos lo podemos encontrar en un salmorejo o en un consomé, en una ensalada o con melón, en unas croquetas o con champiñones, con habas o en unas brochetas y, en definitiva, en multitud de platos de cualquier cocina que se precie, ya sea amateur o profesional, desde en lonchas o en tacos hasta en el manjar más elaborado. Fíjense en cómo cambia un buen jamón un plato que con sólo añadir unas lonchas al pa amb tomàquet catalán obtenemos una peazo tostá de aceite, tomate y jamón que quita el sentío. No es que no me guste el pa amb tomàquet ni que su sabor me resulte, como a mucha gente, similar al del pan mojado, pero convendrán conmigo que añadirle unas lonchitas de ibérico viene a ser lo mismo que ponerle la guinda a un pastel.
Hay que recordar también que el jamón ibérico forma parte de nuestra cultura: como regalo y como actor protagonista de las cestas de Navidad. Hasta en las rifas los vemos y con un éxito indiscutible. Haga la prueba. Usted se pone a rifar un televisor o una bicicleta y posiblemente le cueste un mundo vender todas las participaciones, si es que lo consigue. Ahora bien, póngase a rifar un jamón ibérico y verá cómo le quitan las papeletas de las manos.

Pues bien, resulta que hay quien dice que
sobran jamones ibéricos. Con esto de la crisis ha explotado también la burbuja del jamón y están teniendo muchísima menos salida, resultando un agravante la época del año a la que nos acercamos: al disminuir el número de cestas de Navidad disminuye también el número de jamones que salen de los secaderos. Esto lleva a que haya una cantidad ingente de jamones en
stock. Quizás debiéramos decir, más que en
stock, en estado de
shock, porque nacer para que te degusten, tu única razón de ser, y que al final te dejen ahí colgado, literalmente, tiene que deprimir hasta al más pintado. Da igual que contrates un viaje y te regalen un jamón. Da igual que domicilies tu nómina y te regalen un jamón. Da igual que compres un jamón y te regalen otro jamón. Siguen sobrando jamones, y jamón que no se vende es jamón que no se cobra. ¿Saben qué les digo a todos aquellos que quisieron enriquecerse a costa del jamón? ¡Que con jamón se lo coman!
Yo, qué quieren que les diga, me marcho a completar esta apología del ibérico de la mejor manera que puede hacerse. ¿Gustan?
Post scriptum: Reitero que no tengo nada en contra del pa amb tomàquet. De hecho, la única vez que lo probé in situ me pareció realmente exquisito, como toda la cena de la que formaba parte (a excepción de la tortilla de patatas, que parecía una alpartaga de esparto), y así se lo comuniqué a la cocinera.