29 de enero de 2012

La Torre Cajasol

Desde que la semana pasada viera la luz un nuevo informe de ICOMOS alertando de los efectos negativos que sobre el paisaje de Sevilla tendría la construcción de la Torre Cajasol, diseñada por el arquitecto argentino César Pelli, en la ciudad no se ha hablado de otra cosa. Ni tan siquiera una nueva edición del derbi futbolístico consiguió atenuar el debate, hecho totalmente insólito, como han corroborado los más viejos y las memorias mejor dotadas del lugar.

De la Torre Cajasol se pueden decir y se han dicho muchas cosas, algo que la ha convertido en el fundamento de una nueva controversia dualista de esas a las que los sevillanos no somos nada aficionados y que enfrenta al bando de los fervientes defensores del proyecto con el de los detractores a capa y espada. Ante este panorama, se hace complicado obtener una idea concreta de la torre si se toma como referencia o como fuente de información la dialéctica y la argumentación exhibida tanto por unos como por otros pues, como ya sabemos, estas opiniones, que dependen en buena medida del puro raciocinio, lo hacen también de los gustos, de las ideologías e incluso de los sentimientos de sus legítimos dueños; y dios me libre de entrar a valorarlas y de, en función de esta evaluación, otorgar el carné de sevillanía a quienes emitan un juicio similar al mío o desterrar al Charco de la Pava a quienes no.

Ars inveniendi

En lo que sí voy a entrar es en el informe de ICOMOS y en los precedentes del mismo, algo que se hace imprescindible para entender cómo y por qué se ha reabierto y avivado el debate, no ya sobre la Torre Cajasol en sí, sino sobre la posibilidad real de que la administración local decida anular la licencia pública de construcción para evitar que la UNESCO, siempre en base a la información suministrada por ICOMOS, revoque las declaraciones de Patrimonio de la Humanidad de la Catedral, el Real Alcázar y el Archivo de Indias o, en su defecto, incluya a Sevilla en la lista de ciudades con patrimonio en peligro.

Tras una primera lectura del dossier es fácil detectar una serie de curiosidades, las más destacadas señaladas a continuación, que nos pone sobre aviso del tipo de documento al que nos estamos enfrentando.

La primera de ellas es la afirmación de que la torre se encuentra, aproximadamente, a 600 metros del Real Alcázar, lo cual es simple y llanamente mentira. Si cualquier persona con un mínimo de conocimientos de geografía y del uso de las escalas puede determinar sobre un plano que la distancia ronda los 1700 metros, ¿cómo es posible que José Aguiar, de la Universidad de Lisboa, y Elvira Petroncelli, de la Universidad de Nápoles Francisco II, a la postre redactores del informe de ICOMOS, no sean capaces de dar una cifra siquiera aproximada a la real, llegando a cometer un error relativo del 65%? Es inaceptable este disparate, y, por consiguiente, lo es también un informe que basa su argumentación y sus conclusiones sobre un tema tan sensible en unas relaciones de proximidad en las que, de entrada, los datos son falsos.

Ante esta desfachatez, no ha tardado mucho en aparecer en escena el activista local antitorre Víctor Fernández Salinas (Túmbala), casualmente secretario del comité español de ICOMOS, asegurando que esa errata no invalida el análisis técnico, jactándose de que la UNESCO no dará ninguna importancia a la misma y argumentando que “el informe está muy bien hecho” (sic).

A continuación, encontramos que otra de las consideraciones de los autores del informe ha sido el llamamiento realizado por muchas organizaciones no gubernamentales y partes interesadas para que se detuviera la construcción de la torre. ¿Sabría usted decir el nombre de una de ellas? Efectivamente, se trata de la plataforma Túmbala, la misma a la que está vinculado Víctor Fernández Salinas, el cual, como hemos comentado anteriormente, pertenece al organigrama del comité español de ICOMOS, yo me lo guiso, yo me lo como.

Llegados a este punto, y teniendo en cuenta que la motivación del informe es el estudio de la incidencia que sobre los edificios declarados Patrimonio de la Humanidad pueda tener la Torre Cajasol, no queda más remedio que preguntarse sobre cómo influiría en esa afectación el hecho de que muchas organizaciones se hayan manifestado contrarias a la torre, y, si una excepcional alineación de planetas hiciera posible el referido ascendiente, preguntarse por qué se desestiman las hipotéticas influencias positivas que pudieran derivarse del apoyo explícito que han mostrado al proyecto otras muchas asociaciones, algo a lo que se evita hacer alusión. Por otro lado, en un texto tan cuidadoso en lo que a las cifras se refiere, ¿no se podía haber incluido el número exacto de asociaciones a las que se hace referencia y la denominación oficial de las mismas? No es asunto baladí pues el muchas se podría entender perfectamente como el archiconocido abarrotá del Dúo Sacapuntas, y lo que en un principio se pinta como una infinidad puede acabar no siendo más que un puñado; y humo, mucho humo.

En cualquier caso, resulta cuanto menos curiosa la forma de presentar unas opiniones contrarias a la torre, convenientemente justificadas o no, como un valor añadido meramente por ser de un cariz negativo en lo referente a la construcción, algo que hubiera causado estragos, por ejemplo, si se hubiese dado validez a las críticas que desde distintos sectores se dirigieron contra la faraónica propuesta de Aníbal González para la Exposición Iberoamericana de 1929 y se hubiera actuado en consecuencia, privando a Sevilla de uno de los monumentos más representativos y de mayor solera de la ciudad: la Plaza de España.

En tercer lugar, el informe alerta del elevado ritmo de construcción de la torre, algo a todas luces irrelevante cuando se trata de dilucidar la afectación de la totalidad del proyecto sobre los edificios declarados Patrimonio de la Humanidad. Tendría sentido esta advertencia si la velocidad a la que se levantan las plantas produjera un efecto de succión en el fluido que rodea al edificio tal que llegara a propagarse por el mismo una tensión horizontal atractiva sobre la Giralda suficientemente intensa como para llevarla a su umbral de inestabilidad, poniendo en serio peligro la integridad del alminar almohade, pero como el avance es de una planta cada quince días –y no el reflejado en el documento, que habla de una planta por semana–, resulta inmediato concluir que, por el momento, podemos respirar tranquilos.

La siguiente curiosidad destacable del documento es la que atañe al aumento del tráfico en las proximidades de la torre una vez que estuviera concluida, señalando el incremento de los índices de contaminación en toda la ciudad que esta circunstancia acarrearía. En cuanto al aumento tráfico, se puede aceptar que existe cierto fundamento aunque, considerando que se está mejorando la oferta de transporte público y que, si fuera necesario, la administración local reforzaría las líneas que prestan servicio en la zona afectada, se complica sobremanera establecer a priori una cifra total de nuevos desplazamientos.

De todos modos, resulta un tanto descabellado inferir que el aumento del tráfico en las proximidades de la Torre Cajasol determinaría necesariamente un incremento de la polución en la ciudad pues lo que se produciría, a lo sumo y siempre y cuando rechazáramos de pleno el fenómeno de la bilocación, sería un simple trasvase del tráfico de otras zonas de la ciudad y del área metropolitana, no viéndose afectados los índices referidos.

Pero no queda ahí la cosa, no. La retahíla de imprecisiones e incorrecciones que he señalado se continúa con una amalgama de juicios de carácter metafísico sobre la quinta essentia de la ciudad. Así, en un informe que se suponía técnico, nos topamos con expresiones como “quien no ha visto Sevilla, no ha visto maravilla”, datada en el siglo XVII, lo que da una idea de hasta dónde va a permitir ICOMOS que lleguen las aspiraciones de Sevilla en el sentido de compaginar su historia con una visión contemporánea de la ciudad, o como “la indiscutible realeza de la Giralda en el paisaje urbano actual”, un guiño a la ley no escrita que dicta que no se puede construir ninguna edificación que supere en altura al alminar almohade, e incluso el lamento por el cambio dramático de la importancia y significación de la Giralda que provocaría la Torre Cajasol cuando se avistase la primera desde ciertos ejes visuales, en particular los que ofrecen lugares tan emblemáticos como el Cerro Blanco y el Cerro de Santa Brígida (sic).

Ars disserendi

Pues bien, en toda esta serie de milongas se basan José Aguiar y Elvira Petroncelli para concluir que “la Torre Pelli-Cajasol tiene un impacto excesivo y sin duda negativo sobre el territorio de transición y en la percepción de las tres edificaciones declaradas Patrimonio de la Humanidad”, lo que contradice en cierta medida lo expuesto en el informe de ICOMOS presentado ante la UNESCO en el año 2010, esto es, que no existe afección visual directa sobre los tres monumentos. Así pues, nos encontramos con que de dos dossieres preparados por la misma organización sobre la afectación que el mismo proyecto de construcción tiene sobre la misma terna de monumentos se deducen una cosa y la contraria. El caso es que contradicciones, lo que se dice contradicciones, las podemos encontrar en el que recientemente ha salido a la luz, por ejemplo, cuando se dice que la torre está en la zona protegida y a la vez fuera de ella. Pero es que si nos retrotraemos al año 2009 encontramos la opinión del afamado urbanista francés George Zouain, ex director de Patrimonio Mundial de la UNESCO, que se había desplazado a Sevilla como enviado de ICOMOS para estudiar el caso sobre el terreno, concluyendo que el impacto de la torre sería positivo.

Ante esta cronología, no hace falta ser un lince para percatarse de que algo se está cociendo entre bastidores y para olerse que la pública y abierta oposición que el comité español de ICOMOS ha mostrado al proyecto desde un primer momento, trasladada convenientemente al conjunto de miembros de la organización mediante sutiles presiones internas o simplemente por puro corporativismo, podría haber tenido algo que ver. De hecho, muchas de las mentiras e imprecisiones que aparecen en los informes de ICOMOS no son más que el producto de haber tomado como única fuente el que presentó el comité español en el año 2008 y los sucesivos refritos que del mismo se obtuvieron.

Tras esto, Aguiar y Petroncelli, que si se hubiesen propuesto demostrar que La Tierra es plana, a tenor del rigor y la meticulosidad de los que han hecho gala en el asunto que nos ocupa, a buen seguro lo hubieran conseguido, se permiten la licencia de instar a la autoridad local a encontrar formas de detener la construcción de la Torre Cajasol y revisar el proyecto a consecuencia del impacto que ésta podría tener sobre el contexto histórico cercano y sobre las tres edificaciones declaradas Patrimonio de la Humanidad. Obviamente, como no se acaba de definir en qué consistiría exactamente ese impacto, se ven obligados a abstenerse a la hora de dar datos sobre cuál sería la altura máxima a la que, a juicio de ellos, no habría afectación sobre la Catedral, el Real Alcázar y el Archivo de Indias. Y no, no es ninguna tontería este aspecto pues la indemnización que el Ayuntamiento tendría que abonar a la promotora si éste decidiera anular o modificar unilateralmente la licencia pública de obra dependería, lógicamente, del número de plantas que se dejaran sin construir.

De esta forma, ICOMOS sitúa al Consistorio ante un serio dilema: ¿ha de afrontar de forma inmediata dicha compensación para evitar perder las declaraciones de Patrimonio de la Humanidad, arriesgándose a que dentro de un año vuelvan a aparecer estos mismos señores fijando una cota máxima edificable mayor que la autorizada tras la revisión de la licencia municipal, habiendo forzado entonces ICOMOS al Ayuntamiento a responder con una indemnización mayor que la que realmente era necesaria o, por el contrario, ha de permitir que se siga construyendo la torre porque las arcas públicas no están en situación para afrontar un brete de esta envergadura y rezar por que no aparezca nunca ICOMOS fijando una cota máxima edificable que en ese momento ya hubiera sido rebasada?

Naturalmente, este dilema se traduce también en una falta de seguridad jurídica para las promotoras, que, habiendo satisfecho todos los pasos legales requeridos para la obtención de la licencia y estando ésta concedida, podrían comprobar cómo la anuencia se convierte en papel mojado en un abrir y cerrar de ojos en el momento en que a algún miembro de ICOMOS se le metiera entre ceja y ceja su paralización argumentando, por ejemplo, motivos tan peregrinos como la afectación del eje visual de tal o de cual monumento cuando es observado desde uno de los vomitorios del Platillo Volante de la Palmera.

Y después de varios años estudiando el proyecto de la Torre Cajasol, ¿cómo es posible que ICOMOS no haya sido capaz aún de definir el alcance del impacto y un umbral de altura que impidiera la interferencia de la misma con los monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad? Tal y como ocurrió antes, volvemos a encontrar la respuesta en la cronología.

Como las conclusiones de la visita de George Zouain (“el impacto de la torre será positivo”) no fueron del agrado de quienes desde dentro de ICOMOS se oponían al proyecto, se insistió ante Patrimonio Mundial de la UNESCO en la necesidad de crear una zona de amortiguamiento de los tres monumentos de mayor área que la que resultaba de considerar los cincuenta metros adicionales al perímetro de los mismos que marca la legislación andaluza. Así, en el año 2010, la UNESCO aprueba una zona de amortiguación de 205 hectáreas, resultando la distancia entre la misma y la Torre Cajasol de 850 metros, y alcanzándose ésta en el Puente de Isabel II (Puente de Triana). Y como esta nueva definición de zona protegida tampoco fue suficiente para que la UNESCO, tras considerar el informe presentado por ICOMOS en el año 2011, decidiera plantarse y ordenar la paralización de la torre so pena de revocar las declaraciones de Patrimonio de la Humanidad, ¿saben ustedes qué han propuesto en este dossier que nos ocupa los señores de ICOMOS? Exactamente, Aguiar y Petroncelli consideran que sería conveniente que se volviera a ampliar la zona de amortiguamiento, en esta ocasión por la ribera oeste de la dársena del Guadalquivir y de forma continuada hasta la Cartuja, es decir, extenderla de tal manera que acabe solapando el emplazamiento donde se está construyendo la torre, algo que, en definitiva, no se trata más que de una paradigmática aplicación del manido procedimiento que pasara a formar parte del imaginario colectivo bajo la denominación de Teorema del punto gordo.

En efecto, como los informes firmados por los miembros de ICOMOS no han podido probar en ningún momento que la torre incidiera negativamente sobre los monumentos que gozan de la declaración de Patrimonio de la Humanidad ni sobre la zona de amortiguamiento, han ido sugiriendo a la UNESCO la ampliación de ésta, llegando en última instancia a solicitar llevar su perímetro hasta donde haga falta con tal de que la torre quede contenida en ella. Y, ojo, que el motivo por el que se sugiere la ampliación no es la protección y mejor conservación del patrimonio sino, textualmente, “frenar la presión urbanística” (sic). Naturalmente, si se aprobara esta nueva redefinición de la zona de amortiguamiento, el siguiente paso sería aplicar con retroactividad el criterio de protección de la misma, quedando la Torre Cajasol, ahora sí, en una situación nada halagüeña.

Ciertamente, el único interés de ICOMOS, alimentado por su comité español y por el reconocido activista antitorre que forma parte de su organigrama, ha sido el de evitar por todos los medios su construcción, utilizando para ello todas las herramientas que ha tenido a su alcance, incluyendo en su informe ex professo burdas mentiras, premeditadas imprecisiones, el obviar información que de alguna manera podía ser favorable para proyecto y, lo más grave, la continua extorsión a la ciudad de Sevilla.

Ars meretricium

¿Por qué permite Sevilla que la ninguneen de esta manera? Para responder sería necesario precisar quién es Sevilla, al menos en el sentido de determinar qué instituciones, colectivos e individualidades son los que tienen voz, voto o ambas cosas a la vez para permitir o rechazar el chantaje y, en definitiva, identificar a todos los actores de esta commedia. De esta forma se establece una línea que, en base a la capacidad de maniobra y de decisión que poseen, segrega al poder político y a la propia Cajasol del resto de los grupos. Después, se puede considerar un plano medio en el que se encontraría el conjunto de creadores profesionales de opinión, esto es, la prensa. Y, posteriormente, la sociedad civil, dividida a su vez en un ámbito colectivo (asociaciones, plataformas, etcétera) y en otro de carácter individual.

En relación al último grupo, existe una encuesta del Centro Andaluz de Prospectiva que sitúa el apoyo a la construcción de la Torre Cajasol en el 40,1%, llegando las opiniones contrarias al 24,8% del total. Lo cierto es que el hecho de que este sondeo se realizara antes de la publicación de la joyita de informe de ICOMOS, y a tenor de las reacciones que se han producido tras conocer el contenido mismo, hace pensar que la diferencia entre partidarios y detractores se ha acrecentado considerablemente.

Por otro lado, en el ámbito de las asociaciones sí se aprecia más ruido por parte de las que están en contra, entre ellas, una de las instigadoras de la situación actual, la cual no ha mostrado ningún tipo de reparo ante las mentiras vertidas en el informe, quizás por haber tomado como bandera aquello de que el fin justifica los medios. Tampoco es de extrañar pues, como todos sabemos, son más escandalosas y vehementes las manifestaciones contrarias a cualquier elemento que las que son a favor, y no digamos ya en el caso de las neutrales.

En la prensa, en general, si obviamos algunos momentos de confusión y la errónea identificación de ICOMOS y sus dictámenes con Patrimonio Mundial de la UNESCO y los suyos, aun reinando la neutralidad, se echa en falta un análisis en profundidad de los informes que, más allá de citar las conclusiones y las recomendaciones, vaya al fondo del asunto denunciando las mentiras, el resto de banalidades que han sido tenidas en cuenta en la elaboración de los mismos y la cronología basada en el Teorema del punto gordo.

Mención especial merece en este sentido el caso del diario ABC, que retiró de su edición digital una votación a los pocos minutos de haberla iniciado a consecuencia de que iba a reventar el contador de los votos a favor de la torre, y que, por otro lado, ha estado animando el cotarro con titulares como Zoido suspende hoy la licencia de la Torre Pelli tras el varapalo de Unesco, cuando la noticia era que Zoido había instado a Urbanismo a estudiar las posibilidades de suspenderla, amén del cálculo de la indemnización, o como Cajasol continúa la torre Pelli y echa un pulso al Ayuntamiento, cuando la noticia era que el Consistorio y Cajasol habían llegado a un acuerdo para no detener las obras al menos hasta el momento en que la segunda presentara sus alegaciones al informe de ICOMOS.

Lo cierto es que tampoco se podía esperar otra cosa de un medio de comunicación cuyos asalariados han gastado tantos cartuchos explicando anodinamente que el mayor impacto de la torre tiene su origen en la megalomanía de quien la propuso, obviando precisamente el lema asociado a uno de los monumentos supuestamente afectados, esto es, fagamos una iglesia tal e tan grande que los que la vieren acabada nos tengan por locos –¡toma megalomanía!–, o intentando bravuconamente equiparar a los modernos que están a favor de la construcción de la torre con los modernos que en el pasado apostaron por la destrucción de gran parte del patrimonio de la ciudad, tantos cartuchos han gastado en estas tareas, digo, que en el momento en que se les ha puesto el informe a tiro no les quedaba pólvora ni para disparar una triste bala de fogueo.

Por otro lado, Cajasol, promotora de la obra, ha demostrado moverse con mucho sentido común en este asunto, incluso cuando desde las plataformas antitorre, desde el periódico ABC y desde el propio Ayuntamiento se ha pretendido trasladar a esta entidad y a su empeño por continuar la construcción la responsabilidad de la hipotética descatalogación de los monumentos. Su decisión se fundamenta en tres puntos. El primero, que la torre dispone de una licencia completamente legal. El segundo, su intención de presentar una completa serie de alegaciones al informe de ICOMOS que hace pocos días vio la luz. El tercero, que Patrimonio Mundial de la UNESCO ya resolvió que no había afectación sobre la Catedral, el Real Alcázar y el Archivo de Indias.

Y con esto llegamos al elemento que, motu proprio, tiene la capacidad de decidir que la suerte de Sevilla sea la de claudicar ante la extorsión de ICOMOS o la de rebelarse contra este organismo y desterrar al Charco de la Pava a los golfos que urdieron el informe. El problema aquí es que Juan Ignacio Zoido, alcalde de Sevilla –y hombre cuyo afán por la protección del patrimonio de la ciudad le llevó a dar luz verde a la instalación de las carpas, tenderetes y puestecillos que durante todo el mes de diciembre ocultaron la fachada principal del Palacio de San Telmo y gran parte de la Catedral y del Archivo de Indias–, siempre se ha mostrado contrario a una torre que considera innecesaria. No en vano, pocos días después de su investidura ordenaba que se hiciera una revisión minuciosa de la licencia de construcción, y así lo reconocía, con la esperanza de encontrar alguna irregularidad que permitiera detener el desarrollo de la obra sin necesidad de pasar por caja. ¡Y anda que no estaba tristón el día que le tocó admitir que todo estaba en orden!

¿Y cómo reaccionó Zoido tras la publicación del informe? Pues como era de esperar: escudándose en él para continuar defendiendo que la torre hay que pararla como sea porque lo contrario, en su opinión, tendría unas consecuencias aciagas para la ciudad. El caso es que, sin tener en cuenta las realizadas a la propuesta de paralización, no ha hecho absolutamente ninguna referencia al contenido del dossier, ni tan siquiera cuando ha sido cuestionado expresamente al respecto, de donde se deduce que, teniendo conocimiento de las barbaridades que se dicen en el mismo, porque lo tiene, ha decidido ponerse las anteojeras y tirar hacia delante. Y hacia delante ha tirado haciendo el más completo de los ridículos, esto es, permitiéndose por el camino responsabilizar a Cajasol del perjuicio que para la ciudad supondría que continuaran las obras, comunicando por escrito al presidente de la Junta de Andalucía que había ordenado la paralización cautelar de los trabajos y, pocos minutos después, compareciendo ante los medios declarando que la Torre Cajasol no se iba a parar y que el Ayuntamiento quedaba a la espera de las alegaciones de Cajasol al informe.

Concluyendo, esta es la situación que explica que a ICOMOS le esté durado tanto la mecha: la presión de un colectivo local antitorre estrechamente relacionado con el comité español de esta organización para que el asunto no quede guardado en un cajón, todo ello con la inestimable colaboración del alcalde y de ciertos medios de comunicación que se han afanado en silenciar el contenido del informe y en actuar como si sus recomendaciones, por supuesto afines a las tesis que éstos defienden y precisamente por ello, fueran un dogma de fe, aceptando de buen grado someter a Sevilla al chantaje de tener que pagar una indemnización millonaria por paralizar un edificio a todas luces legal so pena de urgir a la UNESCO para que revoque las declaraciones de Patrimonio de la Humanidad de los tres monumentos sevillanos que gozan de ellas.

Llegados a este punto, y teniendo también presente que ciudades como Berlín, Colonia, Londres, México D.F. o Viena no vieron comprometidas las declaraciones patrimoniales de ciertos monumentos cuando construyeron edificios más altos que la Torre Cajasol y más cercanos a los mismos de lo que se encuentra ésta de la Catedral, el Real Alcázar y el Archivo de Indias, es totalmente comprensible que la dama Sevilla, desde el diván, se confiese con su psiquiatra en los términos que siguen a continuación:

Fíjese bien, a otras se lo regalaban sin pestañear e incluso se dejaban y se dejan querer mientras protestan exigiendo más y más y más aún. Pero a mí me lo negaban y me lo siguen negando cada día, a cada instante, a menos que... eso, ya lo he dicho, a menos que me dejase follar por el primero de turno que quisiera.

En definitiva, que a estos mequetrefes, con tal de ver satisfechos sus caprichos, no les está importando poner a Sevilla en una tesitura que queda amargamente descrita en esta lacónica sentencia:

Ser puta y poner la cama.

15 de diciembre de 2011

A foggy day in Seville

Que a los foráneos que hacían acto de presencia en la anterior entrada pareciera atraerles el cielo azul y nítido que viste Sevilla la mayor parte del año no es óbice para que a algunos nativos, entre los que tengo el gusto de encontrarme, les obnubile la niebla que, al cernirse sobre la urbe, permite ir redescubriéndola cuando a cada paso se vuelven a presentar, lozanas, las formas de lo que ya era.
Torre Sur de la Plaza de España.

Tomar una fotografía en este lugar supone la mayoría de las veces encontrarse con una multitud de turistas que, en nutridos grupos o en pequeños corros, deambulan por la plaza, cruzan sus puentes o asoman por sus balcones y miradores. En esas estábamos cuando una joven pandilla de japonesas se acercó hasta donde yo estaba, plano en mano, para hacerme algunas preguntas sobre la ubicación de su próximo destino y de cómo llegar al mismo, a lo que contesté como buenamente pude. El caso es que estaban ya dando las gracias y despidiéndose cuando una de ellas hizo referencia al sol que le habían prometido encontrar en Sevilla y que en ese momento brillaba por su ausencia. Entonces...

– Well, I prefer foggy days.
– Why?
– Because in sunny ones I look japanese.
– ...

2 de diciembre de 2011

Topiczofrenia

Toro de Osborne dominando el horizonte.
Mucho se ha escrito y se seguirá escribiendo sobre los tópicos, sobre el origen y la fundamentación de cada uno de ellos y sobre el uso como inocuo recurso humorístico o como dedo que se mete en ojo ajeno, y muchos serán los esfuerzos de quienes se afanan en refutarlos, en algunos casos incluso sin ser parte interesada. No tengo la menor intención de hablar de los tópicos, ni de forma general ni de alguno de ellos en particular, pues hace tiempo que dejé de prestar atención a las cosas que son así porque sí y a las deducciones a las que alguien llegó por oscuras sendas que partían de escuetos anecdotarios. Lo que sí me resulta llamativo y digno de mención es el distinto carácter que adopta un mismo tópico –y, sobre todo, sus reacciones asociadas– en función de si se da o no en el sujeto topicado –el estereotipado, ya sea individual o colectivo– la condición de topicador –quien vierte o hace uso del estereotipo–, y cómo se pasa de presentar cierta hinchazón de pecho a sacar las uñas, y viceversa.

¿A qué se debe esta topiczofrenia? Ciertamente, soy incapaz de ir más allá de lo que serían meras conjeturas, aunque existir, lo que se dice existir, existe; y si no, que se lo pregunten a los que rápidamente reprobaron a Artur Mas i Gavarró y a Josep Antoni Duran i Lleida por usar ciertos tópicos sobre los andaluces y los sevillanos y ahora, sin embargo, sacan pecho para publicitar Sevilla recurriendo a esos mismos estereotipos en una campaña (En Sevilla, como un rey) en la que destacan el finísimo diálogo que mantienen Melchor y Gaspar (–¡Jeje! –¡Ojú!) y la actitud de holgazanería que ambos comparten con Baltasar, todo ello antepuesto, metafórica y literalmente hablando, a una catedral que asiste impasible como mero atrezo de todo cuanto allí acontece.

Los reyes vagos.

14 de octubre de 2011

Preguntas sin resolver

Resulta más frecuente de lo deseable que nuestros muy estimados representantes políticos se empecinen en modificar los parámetros de medición de algunos conmensurables relativos a los servicios que prestan las administraciones públicas para, de esta forma, poder mostrar multitud de gráficos de barras o de sectores con los que intentan justificar lo buenas que han sido sus gestiones ante los que, precisamente en función de la nota que pongamos a éstas –sí, es mucho suponer–, elegiremos en las urnas entre lo malo conocido y lo bueno por conocer.

En este sentido, todos recordamos cómo cierta lideresa popular consiguió reducir drásticamente el tiempo de espera para ser sometido a una intervención quirúrgica en los hospitales públicos de su comunidad poniendo en marcha el cronómetro cuando el paciente en cuestión se sometía al estudio preoperatorio y no cuando el especialista determinaba que, efectivamente, era necesario el paso por el quirófano. Tampoco fue manco el discutido y discutible socialista que decidió que los parados inscritos en los cursos subvencionados que ofrecían los sindicatos –perdón por la redundancia– no debían ser contabilizados como desempleados debido a que el atributo más destacable en ellos, siendo suficiente para definirlos, era el de personas en formación.

Esa larga lista de casos de la que hemos rescatado dos de los más sonados se amplía nuevamente, en esta ocasión por obra y gracia de Juan Ignacio Zoido, alcalde de Sevilla, tras anunciar una serie de iniciativas con las que se propone reducir la duración de los trámites administrativos para la concesión de las licencias municipales de apertura de negocios. En los antecedentes del caso encontramos el funcionamiento desastroso del proceso burocrático, con la friolera de 3214 expedientes pendientes de tramitación, algunos de ellos iniciados en el año 2004, algo que hacía imprescindible un gran esfuerzo por poner orden y agilizar el sistema; y así lo ha entendido el alcalde, quien, además, cree fervientemente que la proliferación de comercios locales y toda la ayuda pública posible que a éstos se destine acabará reduciendo el paro –algo difícil de entender cuando vemos en el día a día que cada vez hay más gente que gasta lo justo; quienes aún tienen la suerte de poder llegar a ese lo justo, naturalmente–. Ante este panorama, Zoido se ha comprometido a reducir el tiempo de tramitación de las licencias de apertura a quince días.

¿Por qué merece incorporarse a la lista esta sesión de maquillaje que llega de manos de Zoido? Pues por la sencilla razón de que sólo se iniciarán los trámites de concesión de licencias una vez que el interesado haya presentado, además de toda la documentación ordinaria requerida hasta ahora, una declaración de responsabilidad avalada por los colegios profesionales que correspondan. Dicho de otra manera: porque las inspecciones de los locales que realizaban los técnicos municipales quedan excluidas en el nuevo proceso, limitándose éste a poco más que a tener los papeles rodando por las oficinas del ayuntamiento hasta que alguien les plante el sello, la firma y el visto bueno. Así, lógicamente, es fácil comprometerse a expedir las licencias en dos semanas.

Pero lo peor en este caso no es la operación de maquillaje en sí. Lo peor es la serie de interrogantes de difícil respuesta que inevitablemente hay que plantearse: ¿Cuál será la nueva situación laboral de los técnicos municipales que hasta el momento venían realizando las inspecciones? ¿Se va a tardar menos tiempo en abrir un negocio sólo por el hecho de que las inspecciones ya no dependan del ayuntamiento? ¿Facilita las cosas al empresario obligarle a acudir a varias entidades para una tramitación para la que antes bastaba sólo una? ¿Podría ocurrir que los colegios profesionales que tomen en serio su cometido introdujeran algún tipo de tasa con la que sufragar el trabajo de sus inspectores, suponiendo al final más gasto para el interesado? ¿Cabe la posibilidad de que en alguno de estos colegios piensen que entre bomberos no van a estar pisándose la manguera y que, de esta forma, las inspecciones se conviertan en un coladero, con el riesgo que ello supone?