23 de febrero de 2011

El preguntar no ocupa lugar

Venía a decirnos Confucio que él no intentaba conocer las preguntas sino que lo que procuraba era conocer las respuestas. No es que haya que culpar al filósofo insinuando que con esa frase puso la primera piedra, pero al menos sí habría que reconocer que con el paso del tiempo nos hemos ido tomando la sentencia al pie de la letra. ¿Por qué digo esto? Pues porque poco a poco vamos desechando los signos de interrogación y a todo lo que contienen para entregarnos al monopolio de las oraciones enunciativas.

Es algo a lo que intentan amoldarnos ya desde nuestra más tierna infancia cuando nos bombardean con múltiples ejercicios de análisis sintáctico donde el objeto de estudio es en la práctica totalidad de los casos una frase que afirma, rara vez una frase que niega y casi nunca una frase que pregunta. Es como si una mano en la sombra pretendiera educarnos para hablar mientras se nos escucha como se escucha a los locos, para no ser capaces de decir que no y para que nunca, nunca, nunca hagamos preguntas que a buen seguro podrían resultar incómodas. El colmo de lo que ocurre en las clases de lengua de colegios e institutos es que las únicas preguntas merecedoras de cierta consideración y estudio como figuras literarias, las retóricas, no son más que la reafirmación de cierta idea o pensamiento.

No resulta sencillo calibrar el peso que este tipo de educación académica tiene en el proceso de abandono de la formulación y del planteamiento de preguntas, algo sobre lo que los pedagogos tendrían mucho que decir. El caso es que si junto a este hecho se consideran los modelos de educación social en los que se exhorta a nuestros niños y jóvenes a que no hablen si no se les ha preguntado antes y a que no hagan preguntas, impertinentes o no, nos encontramos con que se está modelando a las personas para que sean perfectas máquinas de responder pero incapaces o con poca habilidad para algo tan importante como demandar respuestas y mostrar una actitud crítica hacia lo que les rodea. La prueba palpable la encontramos en cómo acaba la curiosidad insaciable de los más pequeños, con sus baterías de preguntas, siempre ávidos de conocimientos: en un generalizado sedentarismo crítico en el que, a diferencia de lo que ocurría en las primeras etapas de la vida, no se busca a alguien a quien preguntar sino a alguien que escuche.

Por estos motivos, creo que deberíamos hacer algo para devolver a las preguntas el prestigio y la consideración que merecen; sería algo muy recomendable para el cuidado de la salud social. Sí, hemos de tomar por costumbre el hacer preguntas, todas las que hagan falta, aprovechando la gran variedad de ellas que tenemos a nuestra disposición: las fáciles, las difíciles, las que no necesitan respuesta, las que esperamos que no sean respondidas, las que no nos gustaría que nos hicieran, las impertinentes, las inoportunas, las incómodas, las delicadas, las que meten el dedo en la llaga, las que ponen la cara colorada, las que sonrojan, las que hacen sonrojar (atención a las tres preguntas que forman esta terna, que aunque sean similares en su denominación y compartan el cromatismo del bermellón no son el mismo tipo de pregunta), etcétera.

No hay que olvidarse tampoco de las preguntas con trampa, aquellas cuyo enunciado es un mero señuelo y que permiten obtener de forma indirecta una información que difícilmente conseguiríamos si planteáramos la cuestión de forma explícita.

Traigo a colación una pequeña anécdota acontecida durante una clase de francés, tiempo ha. Les pongo en situación. El manual de la asignatura iba acompañado de un cuaderno de ejercicios que, bendita casualidad, incluía en sus últimas páginas un anexo donde figuraban las soluciones de todos los ejercicios propuestos. Transcurridas algunas semanas desde el comienzo del curso, la profesora… iba a decir que intuía, pero no, más bien tenía la certeza, y con razón (existe una probabilidad mínima de que todos los alumnos realicen la tarea siempre de forma perfecta, ustedes dirán), de que estábamos recurriendo al anexo a la hora de afrontar la resolución de los ejercicios, así que un buen día decidió plantearnos una pregunta trampa con la que no pretendía otra cosa más que obtener una declaración inculpatoria que nos vinculara a esa particularísima técnica de estudio: "Hoy no tengo ganas de corregir los ejercicios. ¿Podéis decirme en qué página vienen las soluciones?". O sea, que la muy cuca quería sonsacarnos con esa ridícula pregunta la confesión que tanto anhelaba. El caso es que, como buen alumno que era, respondí que en la trescientos veinticinco. "Así que en la trescientos veinticinco, ¿eh?", espetó, con la mismísima cara que pondría una hembra de leopardo al localizar la presa a la que debería dar caza para alimentar a su hambrienta prole (me juego mi biblioteca a que en su fuero interno gritó "¡te pillé!"). Acto seguido, abrió el cuaderno de ejercicios y comenzó a pasar las páginas con gran pausa y boato, con un aire regio y ceremonial. Y así siguió esta buena mujer un buen rato, más o menos hasta el momento en el que se dio cuenta de que se habían esfumado las doscientas páginas escasas del cuaderno y de que a consecuencia de ese bucle inconsciente en el que había entrado su mano derecha iba a acabar sacándole brillo al blanco mate de las pastas del mismo. No tiene precio ver cómo se esforzaba en evitar que su cara reflejara el rictus de mohína contenida que todos los presentes podíamos adivinar.

Lo que vengo a decir con esta perorata es que al enunciar preguntas con trampa hay que hilar muy fino, pues, de no ser así, podríamos estar poniendo sobre aviso al interrogado, y entonces no sería para nada descabellada la posibilidad de que acabásemos con el culo al aire.

En fin, que lo mismo que se dice del saber (que no ocupa lugar) podría aplicarse al preguntar. Pregunten, pregunten, y ya me contarán.

Circumspictios

  1. raziel9*SandraFeb 24, 2011 10:39 PM

    Yo siempre he sido de esas personas a las que le ha gustado preguntar, porque gracias a todas ellas he aprendido infinidad de cosas.

    Preguntar por preguntar, preguntar por curiosidad, preguntar por no saber, preguntar por lo que sea, pero siempre preguntar.

    Porque siento que no hay nada mas gratificante que escuchar y aprender de otra persona.

    A mí me encanta oir a un pequeño preguntar el por qué de cualquier cosa, y darle una respuesta fácil con la que saciar esa curiosidad.

    No hay nada mas bonito que sentarte junto a tus abuelos, sus amigos, sus hermanos.. y preguntarles como vivieron su juventud, dejarles que revivan sus recuerdos,¡¡ y aprender tantas cosas de ellos!!(porque creo que nuestros mayores tiene mucho que enseñarnos todavia)

    Preguntando aprendes a tener tus propios pensamientos, tus propios puntos de vista y tus propias ideas, y estoy totalmente de acuerdo en que a los niños de ahora no se les da la oportunidad de formarse como personas, se las instruye como a máquinas, y me llena de rabia, porque siento que están creando manadas totalmente controladas.

    Y sobre lo de las preguntas con trampa, yo siempre he pensado que es una forma de perder los dos, porque acaban mal las dos partes siempre, hagas como lo hagas,planees como lo planees, siempre quedan mal ámbas partes.(o quizas mi experiencia es lo que me hace decir ésto, pero bueno, es lo que pienso)


    Bueno que he soltado un pedazo de rollo, pero me apetecía comentarlo.Un abrazo.


    raziel9*Sandra

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  2. Responder preguntas imposibles, plantearte interrogantes, investigar soluciones, etc es una práctica que se está extinguiendo en un mundo donde la inmediatez se antepone a la satisfacción del descubrimiento.

    Desde mi trabajo intento día a día romper ese esquema. A veces se consigue, y cuando de repente alguien te hace una pregunta inteligente piensas... "por alguna persona merece la pena mi esfuerzo".

    Un saludo y sigue escribiendo. Me ha encantado.

    Nickita

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  3. ¡Zas! En la mismísima cara...jejeje...me hubiera gustado estar en la clase y ver la cara de la profe al ver que no había trescientas veinticinco páginas. ¡Sublime!

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  4. Gracias por vuestros comentarios. Parece ser que no soy el único que piensa así.

    Recuerdos de la profesora de francés.

    Saludos.

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  5. Efectivamente muy buena reflexión, no es que estemos preguntando menos, tal vez lo hacemos pero de otra forma, pero sí que estoy de acuerdo en que se está perdiendo la fuerza y el sentido propio de lo que significa realmente "la pregunta", el no uso provoca estas cosas o mejor dicho el uso adecuado.
    Gracias por pasar por mi blog, seguimos mirándonos :).

    didi.

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  6. Encantado de verte por aquí, Diana.

    Saludos.

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