22 de julio de 2011

Pureza política

La pureza, entendida como la ausencia de imperfecciones que minen la idoneidad o capacidad de una persona para ocupar un cargo, participar en una actividad determinada o formar parte de un grupo social, es un curioso Leitmotiv de la humanidad que surge en los tiempos más remotos, quizás desde que ésta existe, y llega hasta nuestros días.

A los españoles ya nos tuvo bastante obsesionados en los siglos XVI y XVII poder demostrarla en relación a la sangre, empeño similar al que hace unas décadas empujó a Himmler a redactar un impecable informe genealógico que demostraba a través de 350 antepasados la pureza de su sangre aria a lo largo de cuatro centurias, y, más recientemente, al de Arzalluz en exaltar el Rh negativo.

Pero no es todo cuestión de sangre, al menos de la sangre propia. Así nos lo cuentan Berlanga y Azcona en la comedia negra del cine español, El verdugo, donde al forzado aspirante a ajusticiador se le exigen sendos certificados de buena conducta, el de la Guardia Civil y el del párroco, que rápidamente emergen del bolsillo cuasi infinito de la americana de un inconmensurable José Isbert. De igual forma, ya en la actualidad, se sigue requiriendo un certificado de antecedentes penales inmaculado para poder ocupar determinados puestos laborales.

Tal es la importancia de la pureza que hasta en las religiones, amén de ser una meta y un atributo de la santidad, resulta un requerimiento imprescindible un mínimo de ella para poder participar de pleno en las celebraciones litúrgicas correspondientes. Para tal fin, el de alcanzar ese mínimo, aparecen ritos de purificación preparatorios que hacen acto de presencia tanto en las ceremonias carácter ordinario como en las de iniciación en la fe o en aquellas que sirven para que los fieles accedan al siguiente peldaño de la escala espiritual o de la jerarquía interna.

Y esta pureza, repetimos, entendida como la ausencia de imperfecciones que minen la idoneidad o capacidad de una persona para ocupar un cargo, participar en una actividad determinada o formar parte de un grupo social, también es exigida a los gobernantes. Pero no sólo poseerla o que se le pueda atribuir, no; además, no debe quedar ningún resquicio de duda de que se cumple este condicionante, sencillamente porque una de las funciones de los gobernantes es representar de forma oficial a los gobernados y, de este modo, cualquier atisbo de mala conducta en los primeros resulta un oprobio que se proyecta directamente sobre los representados.

Por ello, en el momento en que algún político da sobradas muestras de actuar de un modo sospechoso, cuando no malicioso, queda incapacitado para ejercer la función pública, debiendo abandonar el cargo de forma inmediata. Y, llegados a este punto, mucho cuidado con la forma de dimitir: se vuelve a faltar al respeto de los representados cuando se elude la autocrítica y cuando se argumenta que la dimisión no es más que un sacrificio personal por el partido y por el presidente del mismo en pos de un hipotético mejor resultado electoral en los próximos comicios.

En cualquier caso, lo que está claro es que no debe hacerse de la necesidad virtud: cuando la dimisión es la única salida, optar por ésta no honra, tan sólo deja de deshonrar, y no hay motivos para elogiar a nadie por ello.

Circumspictios

  1. Buenas noches Adp,

    Totalmente de acuerdo contigo, pero es más: ningún político tendría que tener el privilegio de decidir si dimite o no dimite. Debería ser su mismo partido el que lo apartara de sus obligaciones, de forma cautelar, y no permitirle volver hasta que haya una sentencia en firme. . . . . .y esto ya sería mucho más de lo que obtendríamos tú, yo, o cualquiera, si se nos acusara de robar en nuestro trabajo: ¡Palmadita en la espalda y a la puta calle!. . .sin presunción de inocencia!

    Saludos
    Jim

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  2. En el oficio de político ha desaparecido la integridad, el honor y la hombria de bien.
    Cada vez entiendo como una mentira mayor, cuando alguien dice: hay políticos muy respetables y trabajadores.
    En fin, ¿qué quieres que te diga?
    Saludos

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  3. ¿Pero alguien se cree que entre las filas de nuestros insignes partidos políticos, no están enterado de todo lo que hacen sus dirigente? Seguro que si hay un político honrado, no tiene cargo público y vive de su trabajo.
    Un saludo.

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  4. Jim, diría que la forma de afrontar estas situaciones está recogida en los respectivos códigos éticos que han redactado los partidos políticos. No me negarás que quedan muy bien de cara a la galería, ¿verdad?

    Saludos.

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  5. Rafael, creo que muchas de las personas que se interesan por la política activa sí creen y apuestan por la dignidad, el honor y el buen hacer. El problema viene cuando claudican ante el sistema partitocrático, invirtiéndose entonces el flujo natural de la democracia: pasan de ser designados por los partidos para formar parte de unas listas electorales cuyo fin es conseguir sufiente representatividad como para poner en marcha unas políticas que beneficien al pueblo a usar esa representatividad para, olvidándose de los ciudadanos, servir al partido.

    Saludos.

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  6. Hombre, Naranjito, si alguien estuviera capacitado para estar informado y seguir de cerca todos los tejemanejes de todos los cargos públicos ocupados por miembros de su partido habría que ponerle un monumento. Ahora bien, si se reduce el cerco y nos quedamos con lo que sucede a nivel regional o local, desde luego que sí, siempre hay un grupo que suele tener cualquier movimiento bajo control.

    Saludos.

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